Aprovechando este tiempo de aislamiento por la cuarentena debido al COVID-19, en la soledad y quietud de mi entorno sentí compartir algunas reflexiones que, quizás, humildemente y con todo respeto, se conviertan en comprensiones que nos aporten algo positivo y nos ayuden a ir atravesando este difícil, confuso pero a la vez
enriquecedor momento que nos toca vivir.

Creo que no está en discusión para nadie lo complejo y grave de la pandemia del covid 19. Tampoco está en discusión las medidas de prevención de cuidados tanto en lo personal como a los otros.

Escucho y recibo constantemente cantidad de información acerca de la pandemia, de sus consecuencias , de los riesgos para todos, de las muertes que ocurrieron y las que van a suceder, de las consecuencias económicas, etc, etc.

Y mis sensaciones también son muy similares a las que comparten casi todas las personas, en mayor o menor medida: miedo, incertidumbre, inquietud, malestar, enojo, negación, cierto grado de impotencia, confusión y miedo nuevamente.

Frente a todo esto, escuchando uno de tantos informativos, veo al pie de la pantalla la palabra “guerra”. Escucho más atentamente, “guerra contra un enemigo invisible”.

En toda guerra el fin último y más devastador es exterminar al otro o a lo “otro” considerado el enemigo. Eso “otro” no puede pertenecer a nosotros, debe ser excluído, borrado, erradicado.

No hay modo de relación posible.

Esta reflexión no pretende ser una crítica al modo de comunicación masiva para frenar esta pandemia. Entiendo que está elaborada con la mejor de las intenciones y con el objetivo de dar un mensaje lo más claro posible y concientizar a la población del grave peligro que esta enfermedad conlleva. Pero creo que en algún punto, el efecto de este mensaje no nos deja muchas alternativas de poder afrontar internamente otros efectos, no menos nocivos y graves que estas circunstancias conllevan también.

Sabemos que la especie humana convive con otras especies vivientes, compartimos este planeta con miles de otros seres orgánicos, como por ejemplo virus y bacterias, desde hace millones de años, manteniendo una relación de equilibrio dinámico con ellas. Es más, nosotros, los seres humanos, somos parte del ecosistema planetario, de la vida orgánica del planeta. Por supuesto, también sabemos que durante este proceso mucho de estos seres van pereciendo como parte de este ciclo natural. Somos parte de este gran proceso al igual que todos los seres orgánicos del sistema. Son parte nuestra y nosotros de ellos. La parte y el Todo.

Relacionarse es asimilación, adaptación e integración.

Al relacionarnos como individuos que nos reconocemos como partes de algo más grande, de un Todo que cambia y muta constantemente creando un gran movimiento compuesto de infinidad de otros movimientos más pequeños interconectados entre si, estamos en sintonía con el movimiento de la Vida.Quizás las medidas de prevención podemos sentirlas, no tanto como que somos parte de una guerra en la que hay que aniquilar a un enemigo “externo”, “extranjero” a nosotros, y más como un modo de ir encontrando la distancia más óptima de relación con este “otro” (virus), que nos permita ir adaptándonos conjuntamente, seguir evolucionando y poder asimilar e integrar de esta manera, los nuevos conocimientos y comprensiones que esta situación, estoy seguro, nos va a dejar.

Depende de nosotros. Abramos nuestras mentes en conexión con nuestros corazones. Miremos, sintamos nuestro interior. Animémosnos a recorrer este desafío, este camino con confianza, humildad y entrega hacia ese Algo Superior, al que cada persona lo identificará de acuerdo a su cultura, creencia o religión. No dejemos que el miedo se nos monte sobre nuestras cabezas y nuestros hombros, transformándose en una pesada carga que no nos deja movernos con fluidez ni pensar con claridad, al hacernos perder la confianza esencial en el proceso de la Vida.

Ni tampoco dejemos que este miedo vaya por delante nuestro, obstaculizándonos, no dejándonos ver a los otros ni a nosotros mismos, provocando que nos aislemos, que nos defendamos por demás, de un enemigo que nos acecha y que ubicamos fuera nuestro.

Coloquemos nuestros miedos a nuestro lado, para poder verlos con claridad, reconocerlos como parte nuestra, dándoles un lugar en nuestro corazón. Pero sólo eso, el lugar que les corresponde, ni más ni menos.

Al tenerlos a nuestro lado podemos caminar con más soltura, con menos pesos y obstáculos. Podemos verlos con claridad, escucharlos en su justa medida, reconociéndolos pero no entregándonos a ellos.

Los integro como partes mías a las que esta situación me posibilitó des-cubrir. Y lo agradezco. De esta forma me completo, me hago más fuerte, más pleno para afrontar lo que la Vida y el Destino me deparan. Mirando al frente, hacia adelante, con confianza.

~Miguel Ángel Zanetti
Buenos Aires, 21 de marzo de 2020

Imagen: Pedro Bune en Unsplash.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *