La Pedagogía Sistémica: La educación sigue latiendo al compás de los tiempos

Carles Parellada. | Profesor del ICE – Universidad de Bellaterra de Barcelona.

Una nueva mirada emerge en el ámbito de la educación: la Pedagogía Sistémica De vez en cuando aparece en el panorama educativo alguna propuesta que comporta la incorporación de nuevas ideas para abordar la cada vez más compleja tarea docente. En estos momentos estamos de lleno en una de esas ocasiones y aparece con fuerza lo que se viene denominando como Pedagogía Sistémica, que nace con vocación innovadora a la vez que con la firme convicción de que no viene a sustituir nada de lo que hasta estos momentos conocíamos, sino más bien con una marcada intención de complementar, añadir algo de substancial, en la medida que el propio sistema educativo lo considere oportuno, y lo pueda integrar, a todo aquello de bueno con lo que hemos podido contar hasta la actualidad en nuestro quehacer educativo, que es mucho y de calidad contrastada. Si en algo se distingue este abordaje es justamente por su carácter marcadamente inclusivo.

La Pedagogía Sistémica se desarrolla bajo el paradigma sistémico-fenomenológico que impregna las Constelaciones familiares y los Órdenes del amor que Bert Hellinger1.En la reseña de libros que se añade al final se puede consultar una amplia bibliografía que permite indagar significativamente en los distintos conceptos, corrientes y autores que se van a ir explicitando a lo largo de este documento. y sus colaboradores han venido desarrollando durante estos últimos años en el marco de la psicoterapia. Sin embargo, en ningún caso, esta pedagogía pretende un abordaje terapéutico de la educación, sino más bien hacerse eco de las observaciones y aprendizajes que se han hecho en esos campos para poder aprovechar aquellos que pueden resultar significativos en el marco de la docencia. También pone especial cuidado en no olvidar que la función principal de los centros docentes es ayudar a los alumnos a desarrollar los aprendizajes que en ellos se proponen, sin perder de vista otros objetivos también importantes para el desarrollo armónico y el crecimiento global de niños y jóvenes.

Es por estos motivos que nos encontramos con dos personajes principales, en su práctica y difusión, que vienen del mundo escolar: Marianne Franke, maestra de primaria en Alemania, y Angélica Olvera, profesora de secundaria en Méjico. Ambas son, también, terapeutas, y han hecho una firme apuesta para desarrollar esta pedagogía. Junto con Bert Hellinger opinan que el futuro está la educación, no sólo de las próximas generaciones, sino también de los grandes cambios en las dinámicas sociales del mundo, a corto y medio plazo. A ellas, especialmente a Angélica Olvera y el CUDEC (Centro Universitario Doctor Emilio Cárdenas), de México, debemos la rápida expansión de este nuevo paradigma en los contextos educativos.

¿Cuáles son las principales ideas que sustentan esta nueva propuesta educativa?

Tal y como su propio nombre indica, la Pedagogía Sistémica introduce una mirada acorde con uno de los paradigmas más actuales del mundo en el que vivimos: la mirada sistémica. Esta mirada comporta entender los colectivos y grupos humanos, así como las instituciones, no sólo como la suma simple de miembros que pertenecen a ellos, sino como sistemas complejos que funcionan según unas dinámicas que siguen ciertos patrones. Sin extenderme en la comprensión de esos sistemas complejos, ni tampoco en sus dinámicas y patrones, procuraré nombrar aquellos aspectos que comportan incorporaciones significativas en el marco de la docencia.

Si tuviéramos que resumirlos en un lema probablemente uno de los más ajustados sería: “cada quien en su lugar para poder educar”. Me explico. La Pedagogía Sistémica toma como referencias fundamentales la ubicación y el contexto. Ubicarse en el sentido de que a cada uno le corresponde hacer aquello con lo que está vinculada su tarea, y que es en esa dirección a la que debe dirigir su mirada y sus esfuerzos. Es algo simple, aunque en la práctica no sea tan sencillo de resolver. A los padres2.A partir de ahora cuando haga referencia a los padres estoy incluyendo también a las madres, y lo mismo con respecto a los hijos e hijas. les corresponde la tarea principal de la educación de sus hijos, esa es una responsabilidad ineludible, porque éstos nacen con la confianza absoluta que encontrarán adultos próximos que les cuidarán y segurizarán con ahínco, para ayudarles a desarrollar todas sus potencialidades como seres humanos que han de convertirse en personas autónomas, competentes a nivel emocional, cognitivo y social, amorosas y solidarias.

Los docentes no debemos ocupar esa posición privilegiada, debemos ser humildes y respetuosos tomando en cuenta la realidad de nuestros alumnos y sus familias sin pretender ir más allá de lo que en ella sucede, y de lo que nos corresponde como profesionales. Por supuesto que tenemos una tarea, y ocupamos un lugar en ese proceso, que tiene que ver más con el acompañamiento que con la pretensión de ser consejeros especializados. Nuestra principal tarea es ayudar a los alumnos en su proceso de aprendizaje, adquiriendo la mayor capacitación posible y utilizando los mejores recursos a nuestro alcance para conseguir ese objetivo.

Si los padres van a la escuela y pretenden decirles a los docentes cómo deben desarrollar esta tarea, o los docentes llaman a las familias para expresarles su descontento por la forma cómo enfocan la atención de algunos aspectos básicos del crecimiento de sus hijos, entramos en conflicto porque ni unos ni otros miramos hacia donde corresponde desde nuestro lugar. Los que pagan los platos rotos, casi siempre, son los propios alumnos, puesto que están entre el fuego cruzado de adultos que no se responsabilizan claramente de sus tareas. Existe, pues, un orden en las relaciones que debe respetarse para que los sistemas funcionen desde lo que podríamos denominar un equilibrio dinámico.

En este sentido, la segunda condición resulta determinante: saber manejarse con el contexto. En los últimos años se ha hablado mucho del tema de la diversidad y de cómo afrontarla. Han sido años de reflexión interesante aunque a menudo ha generado un desgaste significativo para los colectivos de educadores, que en más de una ocasión se han visto enfrentados por opiniones contrapuestas. Desde la perspectiva del contexto, la diversidad adquiere otro matiz. En este sentido, no se trata tanto, o solamente, de integrar la diferencia, de hacernos eco de que cada alumno es distinto en relación con sus peculiaridades físicas, cognitivas, emocionales, o por su origen geográfico, por la especificidad de su cultura de procedencia… que aunque resulten evidentes puede acabar resultando una tarea ardua dada la ingente cantidad de variables con las que nos podemos encontrar. Más bien se trataría de enfocarlo considerando su contexto específico (espacio-territorio, tiempo-historia, y el resultado de la combinación de todo ello: conocimientos previos, creencias, cultura, conciencia… actuando en consonancia a ello, partiendo de la base que cada uno de esos contextos tiene razón de ser, que no hay unos mejores que otros y que más que integrarlos se trata de trabajar con ellos desde la aceptación y el respeto por lo que en ellos hay, se respira, evitando expectativas de cómo deberían ser o cómo nos iría de bien, supuestamente, a nosotros y a ellos, si fueran de otra manera.

Esto que estoy comentando comporta cambios radicales en la manera de afrontar la relación entre los centros docentes y las familias, en la manera de concretar las reuniones de padres, las entrevistas, los protocolos de colaboración, los diagnósticos… puesto que el punto de partida es mirar donde está la familia y su hijo, mirar la tarea que tenemos encomendada y desde ahí construir un espacio de interacción que vaya en beneficio del crecimiento global de nuestros alumnos, así como permita el reconocimiento de los recursos de los propios padres para resolver las dificultades que puedan aparecer en la atención de sus hijos. Quizá ha llegado un tiempo en el que la dualidad entre buenos y malos, entre lo que está bien y lo que está mal, entre aquello que debe hacer un buen padre o madre, o maestro/a, debe dejar paso a una mirada mucho más compleja, sistémica, que contemple otras opciones menos cerradas, más creativas y ajustadas a realidades extraordinariamente diversas que difícilmente se pueden catalogar y atender desde esos puntos de vista tan contrapuestos.

De estas observaciones se deriva otro aspecto fundamental de la Pedagogía Sistémica: la inclusión. El abordaje sistémico-fenomenológico ha puesto de manifiesto de una forma significativa que en el momento en que un miembro o parte de un sistema, sea cual sea, se siente excluido, o dicho de otra manera, no tiene la certeza de que pertenece a ese sistema, éste entra en desequilibrio y emergen diferentes actitudes disruptivas que a menudo interpretamos, confusamente, como causas y responsabilidades individuales de aquellos que las manifiestan, cuando en realidad se trata de emergentes sintomáticos que el sistema utiliza para mostrar algún desajuste. En este sentido, los mayores esfuerzos de las instituciones educativas deben ir en la dirección de potenciar este sentimiento de pertenencia, favoreciendo todos aquellos procesos que permitan la inclusividad, sin perder de vista que no se trata sólo de una buena intención sino que es una condición necesaria para un buen desarrollo de los procesos de aprendizaje y crecimiento de los alumnos, así como del buen funcionamiento de las instituciones que los acogen.

Desde esta perspectiva también se ha podido observar que a menudo, las dificultades de los equipos docentes, las dificultades de los alumnos, las de la propia familia, incluso la de los docentes, para encarar con garantías la tarea que les compromete, sea desde una dimensión personal como desde una dimensión profesional o social, tienen que ver con vínculos generacionales que en su momento quedaron estancados, sin atender, o que se vivieron claramente como conflictos desgarradores por su intensidad y dramatismo, el dolor de los cuales no se pudo elaborar.

Los vínculos generacionales los encontramos a tres niveles: intergeneracionales, en el sentido que el grupo de iguales se vincula a una manera de hacer que corresponde a su contexto en un momento determinado (por ejemplo, los alumnos de secundaria suelen actuar en función de ciertas modas, creencias… que a menudo, en la actualidad, parecen ir en dirección contraria a las pretensiones adultas, como podría ser cierto principio, no del todo explícito ni generalizable, de que es más “guai” sacar malas notas que ser un buen estudiante, e incluso se puede llegar al “moving” por este motivo); los vínculos intrageneracionales y transgeneracionales, es decir, los vínculos que se dan entre una generación y la siguiente (red familiar), o entre generaciones diversas, hecho que a menudo se ha constatado pero que no siempre se ha mirado desde esta perspectiva sistémica (por ejemplo, la generación de los padres que vivieron una guerra, que generó miedo y desconfianza, puede ser vivido por la generación de los hijos como un sentimiento de angustia, y por la de los nietos como una necesidad de rebeldía.

Estos vínculos deben emerger a la luz, volverse conscientes, para que sus efectos no distorsionen nuestra vida cotidiana y nuestra tarea profesional, deben poder trabajarse, o al menos tenerlos en cuenta, para que no actúen subterráneamente y hagan aparecer las cosas de forma encubierta, lo cual dificulta que se puedan afrontar en la dirección que corresponde. Los docentes debemos desarrollar una clara percepción que nos haga sensibles a estas informaciones y conocimientos. Por ejemplo, cuando un padre, o una madre, tiene puesta la mirada hacia el pasado, porque siente que sus propios padres no le dieron suficiente amor, no lo tuvieron suficientemente en consideración… difícilmente podrá acometer su tarea como padre o madre respecto a su propio hijo con la fuerza y la calidad que ello requiere. Si un educador, o una educadora, mira para atrás y en su biografía académica mantiene algún resquemor con una parte de aquellos que fueron sus maestros, difícilmente podrá acometer su tarea docente con la claridad y la vitalidad que necesitan sus alumnos. Para educar, sea desde el ámbito que sea, uno debe mirar hacia sus orígenes con respeto y agradecimiento. Para educar, hay que dar lo necesario, ni más ni menos, para mantener un equilibrio que en sí mismo puede ser frágil. Difícilmente podrá dar aquel que no ha recibido suficiente, por eso padres y educadores debemos responsabilizarnos de lo que nos compete: los adultos dan y los niños y jóvenes reciben. No es así entre iguales, donde debe darse una proporción justa entre el dar y el recibir3.Bert Hellinger suele decir al respecto: cuando alguien hace algo bueno por ti, devuélveselo en la misma dirección y un poco más, cuando alguien te daña en algo, respóndele en la misma dirección pero un poquito menos, de esta manera siempre se puede restablecer el equilibrio..

Detrás de estos hechos encontramos otro aspecto fundamental en el paradigma de la Pedagogía Sistémica, las fidelidades. Los hijos actúan por amor a los padres, son totalmente fieles a ellos y todo lo que hacen lo hacen por amor, para cuidarles, para compensarles, para distraerles de sus pequeños o grandes problemas, incluso se ofrecen voluntaria e inconscientemente para cargar con sus historias, culpas, responsabilidades, incluso pagando con su salud y bienestar para que los padres no sufran.

En realidad no sólo son fieles los hijos a sus padres, también en los colectivos se dan ciertas fidelidades, así como en las instituciones. La paradoja de estas fidelidades es que se sustentan en una buena intención, a menudo las funda un gran amor, pero suele ser un amor ciego, que no puede conseguir lo que pretende porque se arroga una función, una tarea, una responsabilidad, que no le compete a quien la actúa. Por ejemplo, una actitud conflictiva de un alumno que llama la atención en la escuela, porque quizás sus padres están en un proceso de rotura de la relación, y éste quiere hacer todo lo posible para que ellos giren su mirada hacía él y de esta manera no corran riesgo de separarse.

Una de las manifestaciones concretas de las fidelidades se muestra en los síntomas, que no suelen ser el problema en sí mismo, o en todo caso no son la esencia del ser de aquellos que los portan, sino un emergente, incluso podríamos entender, in extremis, como un regalo para el sistema para poder cambiar alguna cosa que está en desequilibrio.

Estamos unidos a nuestros seres queridos, actuamos como ellos, sentimos y pensamos de una forma parecida porque compartimos un nivel conciencia parecida. Es en este sentido desde donde podemos volver a hablar de que no existen buenos y malos, sino constelaciones de conciencias, que según como se enfoquen pueden producir más dolor que cualquier otra cosa. La historia de la humanidad está repleta de conflictos que se pusieron en marcha en aras a considerar unas conciencias mejores que las otras. Los centros educativos no pueden caer en esta trampa.

Todo esto se entreteje en el marco de esta consideración sistémica que influye en los grupos clase, en los equipos docentes, en las familias, cada uno de los cuales es un sistema en sí mismo, en el que todos sus miembros están estrechamente relacionados, así como en el marco de las interacciones en sistemas más amplios como sería el que se constituye en la relación entre los equipos docentes y las propias familias. Nada escapa al alcance de esta dinámica sistémica y, a partir de ella, ya no deberían darse más episodios de soledad en las aulas, de acoso, de agresividad … puesto que desde la inclusión y el reconocimiento todos tenemos un lugar reservado, valorado como algo especial y necesario para el resto.

¿Los docentes podemos tomar en consideración algunas concreciones desde esta perspectiva de la Pedagogía Sistémica?

A mi modo de ver, sí, tenemos mucho por hacer en esta dirección, y cada una de las oportunidades que vayamos concretando se convierte en un regalo y a la vez en la base de un cambio profundo en las interacciones educativas. Debemos ser prudentes, la Pedagogía Sistémica no es la panacea que lo resuelve todo, y hay que ir pasito a pasito, modificando actitudes, introduciendo novedades, tomando conciencia de los efectos, previendo estancamientos, resistencias… Quizás éstas podrían ser algunas, entre otras muchas, de esas concreciones:

  • Mirar hacia la tarea que en cada momento tenemos encomendada, no caer en la tentación de quererlo resolver todo pensando que nosotros lo podemos hacer mejor. En el fondo, aunque parezca una paradoja, evitar hacer más de lo que corresponde.
  • Aceptar el contexto en el que nos movemos, respetando que así es, evitando juicios de valor comparándolo con expectativas previas, trabajando desde ese lugar agradeciendo los pequeños cambios que podamos introducir, con la complicidad de los padres, sin dejar de mirar en la dirección de posibles soluciones.
  • Mantener como principio de intervención la inclusión, favoreciendo el sentimiento de pertenencia de todas las personas implicadas en los grupos con los que interactuamos, desde los propios compañeros de trabajo, nuestros alumnos y sus padres, evitando cualquier tipo de etiquetas (que acaban convirtiéndose en profecías autocumplidoras).
  • Ampliar nuestra mirada e Integrar a los padres de nuestros alumnos en nuestro corazón, como dice Marianne Franke: “al entrar en el aula no veo sólo a tantos o cuantos alumnos, sino a cada uno de ellos con sus padres detrás, y mejor si lo puedo hacer sintiendo a mis propios padres detrás de mi”. Desde esta posición los padres dejan de ser “enemigos potenciales”, o “colaboradores circunstanciales”, y pasan a tomar el lugar que les corresponde en relación a la educación de sus hijos, en colaboración con los docentes.
  • Afinar nuestra sensibilidad e imaginarnos el aula como un sistema de interacciones, entre personas, experiencias y conocimientos, que genera un campo de aprendizaje4.Rupert Shaldrake habla de la memoria morfogenética, un concepto que dará mucho de sí en los ámbitos educativos, en los próximos años. extraordinariamente rico gracias a las aportaciones de todos y cada uno de los miembros que pertenecen a ella.
  • Mejorar nuestra percepción, procurando no dejarnos arrastrar por la apariencia de las lógicas causales de ciertos comportamientos de nuestros alumnos sin tomar en consideración el papel de los síntomas, las fidelidades ocultas, y el amor que rebosa detrás de ellas. En este sentido la pregunta acertada sería: ¿cuál es el amor que mueve a este niño a actuar de tal o cual manera? Esto abrirá nuevos caminos en nuestras relaciones con los padres, a partir de una mayor comprensión de las dinámicas de sus hijos, y del contexto familiar en el que se desarrollan.
  • Reflexionar en algún momento que quizás nuestra vocación y nuestro destino están inexorablemente unidos en una trama que según como puede confundirnos, y que tomada la conciencia suficiente sobre ese combinado nos puede dar mucha más energía y direccionalidad de la que podríamos imaginarnos. En otras palabras, sería bueno evitar desgastarse en la dirección equivocada, nuestra biografía nos ha llevado a la docencia, hagamos de ello un motivo de satisfacción y convirtámoslo en un valor para nuestra vida y para las futuras generaciones, y no en una lucha sin frontera.

Mirando hacia el futuro

Siguiendo las lecciones de Humberto Maturana, el ser humano se ha constituido desde la cooperación y el amor, y en este sentido el futuro previsible de la especie está dirigido, inexorablemente, hacía el éxito de la realización. A mi modo de ver muy mal deberemos hacerlo para romper esta dinámica, aunque siendo realista, tal posibilidad no se puede descartar, o como mínimo nos debe servir de farolillo rojo para hacernos lo suficientemente responsables y no caer en la trampa que comporta mantener a ultranza los principios actuales de una sociedad neoliberal en la que todo está permitido y en la que no se suelen tomar en consideración las enseñanzas del pasado.

En los centros docentes, junto con los equipos profesionales, al lado de las propias familias y de todos aquellos colectivos e instituciones que toman parte en el acontecer educativo, tenemos depositada una gran responsabilidad, un reto apasionante. Ahora, más que nunca, tenemos en nuestras manos una experiencia y un saber que nunca antes hubiéramos imaginado. Estoy convencido, junto con otras muchas personas, que ahora y también con anterioridad ya pensaron y actuaron en esta dirección, que entre todos sabremos utilizar esta energía para acompañar los cambios que necesariamente deben producirse en los próximos años. En esos cambios, las escuelas, los institutos, los docentes, los padres, tenemos un papel protagonista que estamos en condiciones de asumir. El enfoque sistémico-fenomenológico nos va a ser de una gran ayuda en este proceso, que hemos heredado de los que nos antecedieron y que traspasaremos a las nuevas generaciones para que puedan continuar, en las mejores condiciones posibles, el largo camino de la humanización.

Anexo: referencias sobre la bibliografía y la formación

En el momento de escribir este artículo se está proyectando una película, casi más bien un documental, que trata sobre la perspectiva cuántica de la vida: “¿Y tú que sabes?“, dirigida por William Arnt y Betsy Chasse. Su contenido es un buen complemento de este enfoque educativo de la Pedagogía Sistémica.

A pesar de que no existe todavía un libro específicamente de principios básicos de esta pedagogía (hay que tener en cuenta que estamos hablando de un enfoque que se inicia a finales de la última década del siglo veinte), existen algunas publicaciones que hacen una buena aproximación a ella (más limitada al referirnos a publicaciones en castellano), aunque sea desde perspectivas diversas. En el mes de septiembre del 2006 se publicó un monográfico de Cuadernos de Pedagogía sobre este nuevo paradigma que recoge sus ideas principales, así como experiencias concretas de su puesta en práctica en las diferentes etapas del sistema educativo español.

Algunos de los libros que se pueden tener en consideración, y que comportan una aproximación más o menos directa con el tema, son:

  • ‘Eres uno de nosotros’. Marianne Franke. Editorial Alma Lepik, Buenos Aires 2004.
  • ‘Si supieran cuanto les amo’. Jirina Prekop y Bert Hellinger. Editorial Herder, México 2003.
  • ‘Felicidad dual: Bert Hellinger y su psicoterapia sistémica’. Gunthard Weber. Editorial Herder, Barcelona 1999.
  • ‘Los órdenes del amor’. Bert Hellinger. Editorial Herder, Barcelona 2001.
  • ‘Sin raíces no hay alas’. Bertold Ulsamer. Editorial Luciérnaga, Barcelona 2004.
  • ‘La intervención estratégica en los contextos educativos’. Andrea Fiorenza y Giorgio Nardone. Editorial Herder, Barcelona 2004.
  • ‘Libertad y límites, amor y respeto’. Rebeca Wild. Editorial Herder, Barcelona 2006.
  • ‘Amor y juego, fundamentos olvidados de lo humano’. Humberto Maturana. Editorial J.C. Saez, Chile 1993.
  • ‘Los siete saberes necesarios para la educación del futuro’. Edgar Morin. Editorial Paidós; Barcelona 2001.
  • ‘Los patitos feos: la resiliencia, una infancia infeliz no determina la vida’. Boris Cyrulnik. Editorial Gedisa. Barcelona 2002.
  • ‘La trama de la vida’. Fritjof Capra. Editorial Anagrama; Barcelona 1998.
  • ‘El séptimo sentido, la mente extendida’. Rupert Shaldrake. Ediciones Vesica Piscis 2005.
  • ‘¿Es real la realidad?’. Paul Watzlawick. Editorial Herder; Barcelona 1979.

Se puede encontrar información complementaria respecto a la bibliografía y la formación, así como algunos artículos relacionados con el tema en: www.xtec.es/~cparella.



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